Ir al contenido principal

EL LIBRO QUE CRECIÓ CONMIGO: LUIS GRAU LOBO

La primera vez que lo leí no entendí nada y, aun así, me gustó. Me gustó mucho, de tal manera que insistí con esa perseverancia de la edad que desaparece con el uso. Seguí sin entenderlo muy bien, pero me gustó más aún. Yo era un chaval y hacía muy poco que, por recomendación, había leído “Cien años de soledad” y de inmediato, tal era la impresión que me causó, devoré alguna novela más de lo que entonces se llamaba -¿se sigue llamando?- realismo mágico o el boom latinoamericano. Aquellas torrenteras verbales que habitaban tierras prodigiosas y daban cuenta por igual de sucesos inverosímiles y ciertos configuraban mitologías nuevas con voces del otro lado del mismo océano verbal. El deslumbramiento arrasó mis lecturas anteriores y todavía hoy me sumerjo a menudo en aquellos ríos con lechos de piedras como huevos prehistóricos.

LUIS GRAU LOBO

En alguna parte escuché que aquella literatura tan distinta tenía precursores, con fundamentos que la explicaban. Fui, por tanto, en busca de ese principio y no entendí nada. Para empezar, en comparación con los otros aquel era un librito delgadísimo, en ediciones de un papel fino y áspero que daba grima manosear pero que exteriorizaban su éxito antiguo, pues esa mezquindad lo ponía al alcance de cualquiera. Por otro lado se trataba de un escritor que apenas había escrito. Ese libro y poco más; algún cuento, nada serio. ¿Qué explicación había? Cómo podía estar todo aquello, tanto y tan nuevo, anunciado en apenas un centenar de páginas. Pues estaba, allí estaba todo. Aunque no lo entendiera, eso sí lo supe nada más leerlo.

He vuelto a leer “Pedro Páramo” muchas veces. Y he descubierto al menos parte de lo que dice. No todo, pues me he resignado a no llegar a entenderlo por entero aunque lo lea sin cesar. Esos son los libros que lo acompañan a uno siempre, los que no se acaban nunca, aunque ocupen solo un puñado de páginas y su autor no haya seguido escribiendo porque ya lo dejó dicho todo. “Pedro Páramo” es una novela de una concentración diamantina: un relato familiar, nacional, legendario e íntimo que transcurre en un lugar donde la vida y la muerte se abrazan sin disputa ni esperanza. Nuestro idioma, tan dado a la retórica y a la palabrería, se aquieta y enfría como la noche en el desierto.

En “Bartleby y compañía”, uno de los más peregrinos y literarios de esos libros de Vila-Matas (otras dos recomendaciones, de paso: esta y el relato clásico de Melville “Bartleby, el escribiente”), se cuenta a Juan Rulfo entre los escritores de una obra capital contenida en unos pocos folios que, por razones oscuras, dejaron de escribir. Tal vez no haga falta más. En una anécdota reveladora, Rulfo fue interpelado por una admiradora que le preguntó por aquello que sentía cuando escribía. “Remordimientos”, respondió. Eso lo explica todo.

Luis Grau Lobo


Comentarios

Entradas populares de este blog

EL LIBRO QUE CRECIÓ CONMIGO: BRUNO MARCOS

Fue una lectura muy extraña de mi infancia. Realmente no sé si se trata de un libro para niños. Lo leí por imperativo escolar. Con la lista de obras que nos proponían en la mano, acudí a la biblioteca que había dejado mi hermano en tres estanterías del salón cuando se marchó a estudiar fuera y allí estaba: ‘Alfanhuí’. Lo encontré entonces muy siniestro y muy imaginativo, lleno de una desolación enorme, con paisajes que me daban miedo, atardeceres carmín, bermellón y sangre, amaneceres de oro y amarillo, caminos a ningún sitio... Lo he leído varias veces a lo largo de mi vida, recuerdo haberlo hecho por primera vez con ocho o nueve años y quedarme sobrecogido. Reconocía en sus páginas un estado de la sensibilidad que me era cercano, algo extrañamente triste, bello y familiar. Momentos que había experimentado de camino al colegio en mañanas frías o soleadas, con el viento azotando las calles como a un espacio abandonado, mirando los pajarillos en los charcos, saltando las líneas de las a...

EL LIBRO QUE CRECIÓ CONMIGO: SUSANA BARRAGUÉS SAINZ

A veces todo está imbuido de una trasmutación dorada y la conciencia penetra entre brillos en un canto.  Pero cada corazón tiene su tiempo para la música, y una vez que esa música cesa se entra en un tiempo melancólico, en el que se da la total ausencia de trances. Lo busques cuanto lo busques. Yo, por ejemplo, ya he muerto levemente en el día de ayer. He sido sustituida por un ave del paraíso que en mi lugar duerme y ama. Porque nunca pude soportar el estruendo que hace la realidad, fui excluida del delirio colectivo. Y me tuve que dedicar a pelar patatas y leer libros. Por eso comprendo a la mujer que mira hacia delante, pero insiste en caminar hacia atrás como un cangrejo. Eso es escribir. Y comprendo sin penetrar en su clarividencia. Leer a Clarice es entrar en el reino de las despensas de cocina decoradas con puntillas blancas, y permanecer allí, leyendo, en estado deslumbrado. Leí “La hora de la estrella” en la seguridad del ambiente doméstico. Nada, ni los puerros sin cortar...